martes, 4 de septiembre de 2012

El fin de la utopía: Episodios de la vida y cartas de Rimbaud y Verlaine


El fin de la utopía: Episodios de la vida y cartas de Rimbaud y Verlaine

[El amorío entre Arthur Rimbaud y Paul Verlaine estuvo lleno de sinsabores y disputas. Uno de los capítulos más interesantes de su vida en común transcurre en Londres, y Bruselas un mes después de una de sus reconciliaciones. Fue una batalla tan violenta como estúpida. Compartían una habitación y se turnaban para limpiarla. A Verlaine le tocaba ir al mercado aquel día, y Rimbaud, asomado al a ventana, le grita al verlo de vuelta: “¡Vaya! ¡Qué desgarbado! ¡Qué estúpido resultas con tu botella y tu pescado sucio! ¡Si te vieras, viejo…!”, y Verlaine responde al insolente niño poeta estampándole el pescado en la jeta. Luego de esta disputa, un Verlaine agobiado por el despotismo de su joven amante, se dirige al puerto donde compra un pase para Bélgica, dejándolo en la calle de Londres sin un penique, para ir, según él, a encontrarse con su esposa, a la que ha llamado a Bruselas en espera de una reconciliación con ella. Rimbaud comprende que se ha pasado de la raya y entra en pánico.]

CARTA DE RIMBAUD A VERLAINE

Londres, viernes en la tarde
Julio 4, 1873

Vuelve, vuelve, querido amigo, único amigo, vuelve. Te juro que seré bueno. Si me porté grosero contigo, fue una broma en la cual me encapriché. Me arrepiento más de lo que puede decirse en palabras. Vuelve, se olvidará todo. ¡Qué desgracia que creyeras en esta broma! Desde hace dos días no dejo de llorar. Vuelve. Sé valeroso, querido amigo. Nada se ha perdido. Sólo tienes que reemprender el viaje. Viviremos aquí con valor y paciencia. ¡Ah!, te lo suplico. Es por tu bien, además. Vuelve, hallarás de nuevo todas tus cosas. Quiero que sepas muy bien que nada había de verdadero en nuestra discusión. ¡Qué terrible momento! Pero cuando te hacía señas de que bajaras del barco, ¿por qué no viniste? ¡Hemos vivido dos años juntos para llegar a este momento! ¿Qué vas a hacer? Si no quieres regresar, ¿quieres que yo te alcance?

     –Sí, yo fui quien se equivocó.
     –Oh di, ¿no me olvidarás?
     –No, no puedes olvidarme.
     –Yo, yo siempre te llevo en mí.

     Di, responde a tu amigo. ¿No podemos vivir ya juntos? Sé valiente, respóndeme pronto. No puedo quedarme aquí mucho tiempo. Escucha sólo a tu buen corazón.
     Contesta rápido si debo reunirme contigo.

RIMBAUD

Rápido, responde, no puedo quedarme aquí más allá del lunes en la noche. No tengo un céntimo; no puedo poner esto en el correo. Confié a Vermersch[1] tus libros y tus manuscritos.
     Si no debo verte de nuevo, me enlistaré en la marina o en el ejército. Oh, vuelve, lloro a todas horas. Dime del reencuentro, iré, dímelo, telegrafíame. Es necesario que parta el lunes por la noche. ¿Dónde vas? ¿Qué vas a hacer?

[Verlaine envía por su parte una carta a Rimbaud, que se cruza con la de éste.]

CARTA DE VERLAINE A RIMBAUD

Julio 3, 1873
En mar,
Amigo mío,
No sé si estarás aún en Londres cuando esto te llegue; sin embargo, tengo que decirte que debes, en el fondo, comprender, por último, que me hacía mucha falta partir, ¡que esta vida violenta y todas las escenas de tu fantasía sin motivo ya no me podían dar más por culo!
     Solamente, como te amé intensamente (vergüenza de aquel que piense mal de esto) te tengo que confirmar que si de aquí a tres días, no soy capaz de r' con mi mujer, en las idóneas condiciones, me vuelo los sesos. 3 días de hotel, una rivolvita, eso cuesta mucho... de ahí mi "tacañería" de esta semana. Me deberás perdonar.
     Si, como es bastante probable, tuviera que hacer esta última tontería, yo le daría a ella unos meses para afrontarlo. –Lo siguiente, amigo mío, será para ti, para ti, que ahora me consideras lo peor, y con quién no he deseado regresar porque ha hecho falta que te enterrara, –¡POR FIN!
     ¿Quieres que te mande un beso matador?

Tu pobre
P. Verlaine

No nos imaginemos más (a ti y a mí) en todo caso. Si mi mujer viene, tendrás mi dirección, y espero que me escribas; entretanto, de aquí a tres días, sin más, sin menos, mándame el resto del correo de Bruselas, a mi nombre.
     Devuelve sus tres libros a Barrère.

[Al terminar la primera carta, Rimbaud recibe la de Verlaine, que lo llevó a escribir una segunda parte, en un tono completamente distinto. Ya no se acusa, ahora se burla y amenaza a Verlaine.]

CARTA DE RIMBAUD A VERLAINE

Julio 5, 1873

Querido amigo, tengo tu carta fechada “en el mar”. Esta vez tienes la culpa, y mucha culpa. De principio: nada positivo en tu carta. Tu mujer no volverá o volverá en tres meses, ¿qué se yo? En cuanto a hincar el pico, te conozco. Te vas, esperando a tu mujer y a tu muerte, a bregar penosamente, a errar, a aburrirte de la gente. ¿Qué? ¿No te has dado cuenta de que as cóleras eran tan falsas de un lado como del otro? Pero tú serás quien tenga la última culpa, puesto que, aun después de que te llamé, has persistido en tus falsos sentimientos. ¿Crees que tu vida será más agradable con otro que conmigo? REFLEXIONA ESTO. Ah, desde luego no.
     Sólo conmigo puedes ser libre, y puesto que te juro ser amable en el porvenir, que deploro toda mi parte de culpa, que, en fin, tengo el espíritu impío y te quiero bien, si no quieres regresar, dime que te alcance. Cometes un crimen y te arrepentirás de esto muchos años con la pérdida de toda libertad y con los hastíos más atroces, más tal vez de todos los que has probado. Después de esto, piensa otra vez quién eras antes de conocerme.
     En lo que respecta a mí, no volveré a casa de mi madre. Iré a París, trataré de partir el lunes por la noche. Me forzarás a vender toda tu ropa; qué otra cosa puedo hacer. Aún no se ha vendido; se la llevarán hasta el lunes en la mañana. Si quieres enviarme cartas a París, dirígelas a L. Forain, 289, rue Saint-Jacques, para A. Rimbaud.
     Desde luego, si tu mujer regresa, ya no te comprometeré escribiéndote. Ya no te escribiré nunca.
     Lo único que quiero decirte verdaderamente es: Vuelve, quiero estar contigo, te quiero. Si escuchas esto, mostrarás valor y un espíritu sincero. De otra forma, te compadezco. Pero te quiero, te abrazo y volveremos a vernos.

RIMBAUD

8 Great Colle[2], etcétera. hasta el lunes por la noche, o martes al mediodía, si me llamas.

[Verlaine le pide a Rimbaud que lo alcance en Bruselas, donde estará esperándolo, acompañado de su madre. Rimbaud acude, pero pronto se aburre y se siente perdido. Quiere regresar al Charleville. Se alcoholizan juntos y vuelven al hotel dándose empujones e insultándose. Verlaine se siente estafado. Al volver al hotel, Rimbaud anuncia que se marchará, ahora es el turno de Verlaine de ser dramático y violento: toma una pistola y le dispara a su joven amigo, o “hermano”, como decía Rimbaud en sus escritos. La bala se incrusta en la mano del muchacho, una segunda bala es disparada contra el suelo. El príncipe de los poetas entra en pánico y corre a refugiarse en el cuarto de su madre, seguido por un furioso Rimbaud. Acuden al médico para retirarle la bala, Rimbaud sigue empeñado con volver a Charleville. Verlaine intenta retener a Rimbaud a su lado; aún lleva la pistola en el bolsillo. Caminan de vuelta al hotel. Verlaine se adelanta un poco, vuelve apresurado, Rimbaud teme un nuevo exabrupto y sale corriendo, deseoso de venganza. Le dice a un policía: “Este hombre intentó matarme, trae una arma en el bolsillo”. Verlaine es arrestado. La declaración de Rimbaud lleva a Verlaine a ser condenado a dos años de cárcel. Rimbaud regresa entonces a las Ardenas, es el fin del “desarreglo de todos los sentidos”, de la búsqueda de unidad a través de ese proceso, del deseo de convertirse en Hijos del Sol.]

[EL FIN]


[1] Vermersch y les medios comunardos de Londres.
[2] Great College Street, donde vivieron juntos en Londres.

jueves, 19 de enero de 2012

el viejo maestro



LEYENDA SOBRE EL ORIGEN DEL LIBRO “TAO-TE-KING”, DICTADO POR LAO-TSE EN EL CAMINO DE LA EMIGRACIÓN


Bertolt Brecht


A los setenta años, ya achacoso,

sintió el maestro un gran ansia de paz.

Moría la bondad en el país

y se iba haciendo fuerte la maldad.

Se abrochó los zapatos.


Empaquetó las cosas necesarias.

Pocas: Pero algo había de llevar.

La pipa en que fumaba cada noche.

El libro que leía a todas horas.

Algo de blanco pan.


Gozó mirando el valle, y lo olvidó

cuando la senda comenzó a ascender.

Rumiaba el buey, alegre, hierba fresca

mientras llevaba al viejo.

Pues iba muy de prisa para él.


Caminó cuatro días entre peñas

hasta que un aduanero lo paró.

“alguna cosa de valor?” “Ninguna.”

“Es un maestro”, dijo el joven guía

del buey. Y el aduanero comprendió.


Y el hombre, en un impulso afectuoso,

aún preguntó: “Que ha llegado a saber’”

Y el muchacho explicó: “Que el agua blanda

hasta a la piedra acaba por vencer.

Lo duro pierde.


Aprovechando aquel atardecer,

tiró el guía del buey, siguiendo viaje.

Ya se perdían tras de un pino negro

cuando los alcanzó el buen aduanero.

Les gritaba. “!Esperadme!”.


“Dime otra vez eso del agua, anciano.”

Se detuvo el maestro: “¿Te interesa?”

“Soy sólo un aduanero”, dijo el hombre,

“pero quiero saber quien vencerá.

Si tú lo sabes, dímelo.


!Escríbemelo! !Díctalo a este niño!

No lo reserves sólo para ti.

En casa te daré tinta y papel.

Y también de cenar. Yo vivo allí.

¿Aceptas mi propuesta?”


Examinó el anciano al aduanero:

chaqueta remendada, sin zapatos,

viejo antes de llegar a la vejez.

No era precisamente un triunfador*

Murmuró: “¿Tu también?”


Había vivido demasiado para

no aceptar tan amable invitación.

“Quien pregunta, merece una respuesta.

Parémonos aquí”, dijo en voz alta.

“Hace ya frío”, el guía le apoyó.


Echó pie a tierra el sabio de su buey.

Escribieron durante siete días

alimentados por el aduanero,

quien maldecía ahora en voz muy baja

a los contrabandistas.


Una mañana, al fin, ochenta y una

sentencias dio el muchacho al aduanero.

Y, agradeciéndole un pequeño don,

se perdieron detrás del pino negro.

No es fácil encontrar tanta atención.


No celebremos, pues, tan sólo al sabio

cuyo nombre en el libro resplandece.

Al sabio hay que arrancarle su saber.

Al aduanero que se lo pidió

demos gracias también.


(Historias del Calendario, 1939)

martes, 20 de diciembre de 2011

'ámonos justina


Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre hace ya muchos años; sobre el mismo colchón; bajo la misma cobija de lana negra con la cual nos envolvíamos las dos para dormir. Entonces yo dormía su lado, en un lugarcito que ella me hacía debajo de sus brazos.

Creo sentir todavía el golpe pausado de su respiración; las palpitaciones y suspiros con que ella arrullaba mi sueño . . . Creo sentir la pena de su muerte . . . Pero esto es falso.

Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta.

Siento el lugar en que estoy y pienso . . .

Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban son su olor el viejo patio.

El viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos.

Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época.

En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Me acuerdo. Mi madre murió entonces.

Que yo debía haber gritado: que mis manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su desesperación. Así hubieras tú querido que fuera. ¿Pero acaso no era alegre aquella mañana? Por la puerta abierta entraba el aire, quebrando las guías de la yedra. En mis piernas comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis manos temblaban tibias al tocar mis senos. Los gorriones jugaban. En las lomas se mecían las espigas. Me dio lástima que ella ya no volviera a ver el juego del viento en los jazmines; que cerrara sus ojos a la luz de los días. ¿Pero por qué iba a llorar?

¿Te acuerdas, Justina? Acomodaste las sillas a lo largo del corredor para que la gente que viniera a verla esperara su turno. Estuvieron vacías. Y mi madre sola, en medio de los cirios; su cara pálida y sus dientes blancos asomándose apenitas entre sus labios morados, endurecidos por la amoratada muerte. Sus pestañas ya quietas; quieto ya su corazón. Tú y yo allí, rezando rezos interminables, sin que ella oyera nada sin que tú y yo oyéramos nada, todo perdido en la sonoridad del viento debajo de la noche. Planchaste su vestido negro, almidonando el cuello y el puño de sus mangas para que sus manos se vieran nuevas, cruzadas sobre su pecho muerto, su viejo pecho amoroso sobre el que dormí en un tiempo y que me dio de comer y que palpitó para arrullar mis sueños.

Nadie vino a verla. Así estuvo mejor. La muerpe no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas.

Tocaron la aldaba. Tú saliste.

-Ve tú -te dije-. Yo veo borrosa la cara de la gente. Y haz que se vayan. ¿Que vienen por el dinero de las misas gregorianas? Ella no dejó ningún dinero. Díselos, Justina. ¿Que no saldrá del purgatorio si no le rezan esas misas? ¿Quiénes son ellos para hacer la justicia, Justina? ¿Dices que estoy loca? Está bien.

-Y tus sillas se quedaron vacías hasta que fuimos a enterrarla con aquellos hombres alquilados, sudando por un peso ajeno, extraños a cualquier pena. Cerraron la sepultura con arena mojada; bajaron el cajón despacio, con la paciencia de su oficio, bajo el aire que les refrescaba su esfuerzo. Sus ojos fríos, indiferentes. Dijeron: "Es tanto." Y tú les pagaste, como quien compra una cosa desanudando tu pañuelo húmedo de lágrimas, exprimido y vuelto a exprimir y ahora guardando el dinero de los funerales. . .

Y cuando ellos se fueron, te arrodillaste en el lugar donde había quedado su cara y besaste la tierra y podrías haber abierto un agujero, si yo no te hubiera dicho: "Vámonos, Justina, ella está en otra parte, aquí no hay más que una cosa muerta."


(Juan Rulfo. Pedro Páramo (fragmento)

viernes, 15 de febrero de 2008

Relato 3

Nota: Antes de continuar, lea el Relato 2

Zona

Ella bailaba sin moverse siquiera. No sé lo que acabo de decir, pero es cierto. No sé si tenga sentido para los demás. Lo tiene para mí. Zona baila inmóvil. No sé cómo lo hace, sólo sé que se mueve sin moverse, y que sus movimientos son estáticos.


La veo en el Club cada varias semanas; creo que le gusta mi selección. La semana pasada se me acercó y me pidió una copia de del disco de trip hop que había programado.

–No estoy a favor de la piratería, pero es material muy raro, y creo que a nadie hará daño que alguien más conozca esta música.

Después de varias semanas de presencia consecutiva, nos hicimos amigos. Ella inspiraba confianza, con sus cabellos pintados de azul, y rapada como mohicano, pero manteniendo las patillas, largas y retorcidas.

Por alguna razón, no pude resistirme a sondear en su mente. Ya tenía la suficiente experiencia en el manejo de la magia de la mente, así que dar un rápido vistazo a sus pensamientos superficiales no sería problema. Ella confiaba en mí. Lo sé porque no opuso resistencia, me dejó sondearla, y me hizo saber que ella también era una maga. Fue extraño, sentí un extraño sabor a sal. Un sabor a sal concentrado, como el sexo. No fue desagradable, sólo fue extraño. Quiero decir, fue como tener sexo ocasional con una amiga, pero de otro modo, el sexo nunca se había sentido tan real como esa exploración. Espero que Audrey nunca se entere, o que no me quiera arrancar las bolas si lo hace. Se supone que es de mente abierta y que no es una mujer celosa, pero uno nunca sabe con esas criaturas de dos cromosomas X.

Cuando no trabajo con la Sociedad de la Disonancia, sembrando el terror en las infernales corporaciones transnacionales, Zona me invita a participar con los Clubwerkers, para llevar mi mensaje mágico a audiencias más o menos amplias, y receptivas. Es un trabajo arduo, pero quizá valga la pena. Quizá algún día, regrese a nuestro mundo esa época dorada, de esplendor mágico, antes de toda esta basura tecnocrática y racionalista, de todo este rollo positivista y científico, como si la ciencia y la tecnología no fueran magia.

Relato 2

Nota: Antes de continuar, lea el Relato 1.

Respuestas

–¿Quieres decir que yo lo hice?


–¿Por qué te sorprendes tanto? ¿No cultivas flores en tu casa?

Cuando Audrey me dijo que yo era un mago, pensé que hablada de, ejem, ciertas habilidades en, ya saben... la cama. O tal vez, a mi habilidad para crear ambientes sonoros para toda ocasión, con unos cuando discos. Pero cuando me explicó a lo que se refería, casi me caigo de la cama. Por eso, la cama había sido mi primer pensamiento, porque en cuanto terminamos de hacer el amor me lo dijo; “eres un mago”. Eso dijo.

Le conté lo que sentí mientras escuchaba la selección de DJ Paradigma. Pude sentir la soledad de Nietzsche, la tristeza de Poe, el dolor de Cobain, la desesperanza de Ian Curtis, el arrepentimiento de Einstein, el miedo de Artaud. Y era mis propios soledad y tristeza y dolor y desesperanza y arrepentimiento y miedo, y de todo el mundo. Pero también sentí alegría, amor, calma, amistad, fe, cariño, compañía, esperanza, y supe que toda esta felicidad podría curar los males del mundo.

Me explicó que las flores de la esfera llegaron allí como un efecto inesperado de mi despertar a la magia. Fuimos hacia las macetas y, efectivamente, la mayoría de las flores no estaban allí, sino que su lugar era ocupado ahora por tiras interminables de papeles de colores. Ya me encargaré de aliviarlas y hacerlas florecer de nuevo, no es ningún problema para mí. Por alguna razón, las flores no tienen problemas en crecer en este lugar. Tal vez les guste la música que les pongo y las historias que les cuento.

–En realidad, se trata de tu resonancia magia –me dijo Audrey cuando lo comenté con ella.

–¿Cómo es que sabes todas estas cosas? ¿Eres un mago tú también?

–¿No te habías dado cuenta?

Sí, claro, notaba algo especial y diferente en ella. Es más alta que la mayoría de las mujeres. Es más bella que la mayoría de las mujeres. Y está enamorada de mí, eso sí que debe ser algo especial. Pero, ¿magia? Bueno, ¿quién soy yo para decir qué es magia y qué no es? ¿No es magia el que una muchacha que fue violada, un chico abusado por sus padres, un viejo humillado y frustrado, sean capaces de hacerse cargo de su vida al fin, y alcanzar cierto estado de felicidad?

–Y ahora que soy un mago, y que me has confesado que lo eres tú, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–Yo no puedo decidir por ti. Es por esa razón que nunca te lo confesé. Espero que no me guardes resentimiento por eso.

Claro que no, ¿por qué todos creen siempre que guardar un secreto es como una traición? Cada persona tiene sus motivos para hacerlo, y cualquier motivo es válido.

–Me gustaría aprender más. ¿Tú puedes enseñarme?

–Puedo, si realmente eso quieres. También me gustaría decirte que puedes darle la espalda a esta nueva vida, y seguir como siempre, pero por más que trates de darle la espalda, y una vez que se te ha caído la venda, ya no puedes ponerla de nuevo sobre tus ojos.

–No le daría la espalda a esto aunque pudiera. Creo que es lo que siempre soñé. Y de alguna manera, me parece la conclusión más natural de mi vida.

–Conque conclusión, ¿no? Más bien, es apenas el comienzo.

–Me parece perfecto.

Besé sus labios, la abracé fuertemente. Después, rebusqué entre las sábanas. Sí, lo sabía aquí está.

–Para ti –le dije.

Le extendí una flor. No sé cómo se llama, pero crecen en el Jardín, y a veces las traigo en macetas a mi casa, donde las cuido. Sé que debe parecer tonto, un hombre cuidando flores, pero a mí me gustan.

–A mí también.

–¿Leíste mi mente?

–Oh, lo siento, a veces lo hago sin darme cuenta.

–Lee esto...

La bofetada me dolió más de lo esperado.

–Oye –le reclamé–, tú empezaste; si no quieres enterarte de las perversiones sexuales de los demás, deberías dejar de leer el pensamiento –presioné play, y comenzó Tu alma en mí, de Corcobado; tu alma está en mí, y la mía en ti.

Reímos, nos abrazamos, y después de un beso largo y perfumado, nos dormimos. Ésta es una vida muy interesante. Y lo mejor, es que recién comienza.

Relato 1

La fiesta del Milenio

31 de diciembre de 2000. Mi cumpleaños 25. La noche final del siglo XX llegaba a su fin, y con ella llegaba no sólo un siglo nuevo, sino un milenio nuevo también; una época reluciente y sin estrenar. El mundo se dividió en dos; una parte se llenó de pánico por lo que pudiera pasar al sonar las doce campanadas, y el temor que se sentía en las empresas que manejaban hardware no actualizado no era el menor. La otra parte sólo pensaba en recibir la novedad con entusiasmo y bailes, con esperanza de que la vida mejorara notablemente con la llegada de una nueva era. Claro, existió una tercera perspectiva, más bien apática, pero tan pequeña que no vale la pena ni mencionarla.

Nosotros, Audrey y yo, organizamos una gran fiesta milenaria en el Club Camaleón; dieciocho horas continuas de música y alegría. Gracias a los dos pisos del Club, pudimos tener dos sets de DJ, dos bandas, o una mezcla de ambas, al mismo tiempo.

Esa noche, yo tuve el primer set. Comencé con algo de Covenant, Frozen Plasma y Sunday Munich; el ambiente era sensual y agradable. Las luces hacían su trabajo adecuadamente (más bien, Juan Carlos, el técnico de iluminación... no me ha perdonado que le robara a Audrey; bueno, eso es lo que él dice, pero sé que está feliz de que Audrey sea feliz conmigo; es buena bestia, Juan Carlos). Después comencé a acelerar el ambiente, primero con Bella Morte, algún remix de A Flock of Seagulls, Spahn Ranch, hasta llegar a Nitzer Ebb, el Neubauten y, claro, Hocico. Más tarde, al anochecer, tendría un segundo set.

En el nivel superior, una chica, que se hacía llamar Dulce Jezebel, programaba ritmos tribales, y por momentos me parecía escuchar algo guapachoso, quizá un jarabe, o tal vez algún son, no es que sea un gran conocedor de los ritmos nacionales.

Todo marchaba de maravilla. Y entonces, apareció él, DJ Paradigma, un mito, una leyenda en el sistema de clubes. Audrey lo había invitado, pero no esperábamos que asistiera; es decir, ¡es DJ Paradigma! Seguro que tendría cosas más importantes que atender que la fiesta de un humilde club. Pero allí estaba, con esa mirada que era como si no estuviera del todo presente, como si mirara las estrellas, o qué se yo.

Su set dio inicio. Incluso los chicos de la banda que tocaría después salieron a medio maquillarse para escuchar la sesión de este genio. Decir que nadie se sintió defraudado es decir poco. Decir que para mí fue estupendo es decir nada.

Usualmente, cuando otro DJ mezclaba o ambientaba, yo no bailaba; prefería escucharlo desde una silla, mientras platicaba con mis amigos. Esta vez no hubiera sido diferente, pero los beats con que arrancó me impidieron quedarme quieto; era como una fuerza misteriosa que me jalaba y obligaba a ponerme en movimiento.

El roce con los cuerpos, el aroma de sus secreciones y perfumes, los colores de sus ropas y las luces, los sonidos sintetizados y orgánicos de la música, las voces extrañas y etéreas que cantaban o recitaban, todo eso dejó de ser lo que era, y por un breve instante, todo era una única cosa. Todos bailábamos como si fuéramos un solo ser, una sola realidad. Podía escuchar la respiración de cada persona, los latidos de cada corazón, y estuve seguro de que había un ritmo en todo ello, un patrón, y no un caos, o quizá un caos si entendemos el caos como un ordenamiento diferente del orden habitual y compulsivo de nuestras sociedades occidentales. Era como el cuarto de un adolescente, donde hay ropa en el suelo, y los objetos no están colocados en los espacios previamente destinados a ellos, sino en otra parte, pero justo donde el adolescente en cuestión necesita que estén.

Eso sentí al principio, y eso sentí al final. Pero hubo un momento intermedio en que me perdí de todo. Ya no escuchaba la música en el sentido humano, la escuchaba en el espíritu. Ya no olía los aromas, o sentía los roces, como huelen y sienten los humanos, sino en espíritu. Sentí la pasión de Mozart, de Stanislavski, de Goethe, de Poe, de Cervantes, de Wagner, de Lennon, de Beckett y de todos los artistas de todos los tiempos. Pero también sentí el dolor de Lenin, de Stalin, de Tito, y de todas esas personas que cayeron víctimas de los regímenes totalitarios, socialistas, republicanos, demócratas o de cualquier otro tipo. Personas inocentes, llenas de terror y tristeza, que cambiarían una larga vida de pesar, por sólo una noche como ésta, llena de alegría y amor y esperanza. Sentí eso, y grité; un grito primario, primordial, antiguo. Y la percepción de todo ese dolor desapareció tan rápido como llegó. ¿Qué fue todo eso? No probé ninguna droga, no he tenido insomnio, no he estado sometido a demasiado estrés.

Sacudí mi cabeza, y recuperé el movimiento. Ya bailaba otra vez con los ritmos de DJ Paradigma, quien, pude notarlo, me miraba fijamente, y, ¿era una sonrisa lo que adornaba su rostro? No tuve tiempo de comprobarlo. Una mano se posó en mi hombro. Era Audrey.

–¿Estás bien? –me preguntó.

–Sí, creo que tuve un mareo, eso es todo.

Audrey no pareció satisfecha con mi respuesta, pero no dijo nada. Bailó de nuevo y yo hice lo mismo.

Una esfera se abrió, dejando caer papeles de colores sobre nuestras cabezas. No, no eran papeles. Eran flores. ¿Quién lo hizo? Yo mismo me aseguré de que las esferas estuvieran llenas y listas. Alguien tuvo que haber cambiado el contenido, pero, ¿quién? Bueno, no importa, las flores son más hermosas que los papeles. Y el aroma que comenzó a flotar en el ambiente era más fresco y agradable. Quien haya hecho esto, se merece un aplauso y una bebida fría por cuenta de la casa.

Cuando el set de DJ Paradigma concluyó, Audrey me llevó a una mesa. Laura, una de las chicas que nos ayuda a atender el lugar, nos trajo bebidas. Audrey una cerveza, yo un Popocatepetl Purple; con licor nacional, claro.

–Creo que al fin has despertado –me dijo. En su rostro había una sonrisa, de esas sonrisas que hemos visto en las fotografías de Robert Smith, mezcla de alegría y tristeza.

–Espero que no estés rompiendo conmigo –dije, mientras daba un trago a mi bebida.

–Ja, ja, ja. No, tonto –y me abrazó con fuerza, y besó mis labios.