viernes, 15 de febrero de 2008

Relato 1

La fiesta del Milenio

31 de diciembre de 2000. Mi cumpleaños 25. La noche final del siglo XX llegaba a su fin, y con ella llegaba no sólo un siglo nuevo, sino un milenio nuevo también; una época reluciente y sin estrenar. El mundo se dividió en dos; una parte se llenó de pánico por lo que pudiera pasar al sonar las doce campanadas, y el temor que se sentía en las empresas que manejaban hardware no actualizado no era el menor. La otra parte sólo pensaba en recibir la novedad con entusiasmo y bailes, con esperanza de que la vida mejorara notablemente con la llegada de una nueva era. Claro, existió una tercera perspectiva, más bien apática, pero tan pequeña que no vale la pena ni mencionarla.

Nosotros, Audrey y yo, organizamos una gran fiesta milenaria en el Club Camaleón; dieciocho horas continuas de música y alegría. Gracias a los dos pisos del Club, pudimos tener dos sets de DJ, dos bandas, o una mezcla de ambas, al mismo tiempo.

Esa noche, yo tuve el primer set. Comencé con algo de Covenant, Frozen Plasma y Sunday Munich; el ambiente era sensual y agradable. Las luces hacían su trabajo adecuadamente (más bien, Juan Carlos, el técnico de iluminación... no me ha perdonado que le robara a Audrey; bueno, eso es lo que él dice, pero sé que está feliz de que Audrey sea feliz conmigo; es buena bestia, Juan Carlos). Después comencé a acelerar el ambiente, primero con Bella Morte, algún remix de A Flock of Seagulls, Spahn Ranch, hasta llegar a Nitzer Ebb, el Neubauten y, claro, Hocico. Más tarde, al anochecer, tendría un segundo set.

En el nivel superior, una chica, que se hacía llamar Dulce Jezebel, programaba ritmos tribales, y por momentos me parecía escuchar algo guapachoso, quizá un jarabe, o tal vez algún son, no es que sea un gran conocedor de los ritmos nacionales.

Todo marchaba de maravilla. Y entonces, apareció él, DJ Paradigma, un mito, una leyenda en el sistema de clubes. Audrey lo había invitado, pero no esperábamos que asistiera; es decir, ¡es DJ Paradigma! Seguro que tendría cosas más importantes que atender que la fiesta de un humilde club. Pero allí estaba, con esa mirada que era como si no estuviera del todo presente, como si mirara las estrellas, o qué se yo.

Su set dio inicio. Incluso los chicos de la banda que tocaría después salieron a medio maquillarse para escuchar la sesión de este genio. Decir que nadie se sintió defraudado es decir poco. Decir que para mí fue estupendo es decir nada.

Usualmente, cuando otro DJ mezclaba o ambientaba, yo no bailaba; prefería escucharlo desde una silla, mientras platicaba con mis amigos. Esta vez no hubiera sido diferente, pero los beats con que arrancó me impidieron quedarme quieto; era como una fuerza misteriosa que me jalaba y obligaba a ponerme en movimiento.

El roce con los cuerpos, el aroma de sus secreciones y perfumes, los colores de sus ropas y las luces, los sonidos sintetizados y orgánicos de la música, las voces extrañas y etéreas que cantaban o recitaban, todo eso dejó de ser lo que era, y por un breve instante, todo era una única cosa. Todos bailábamos como si fuéramos un solo ser, una sola realidad. Podía escuchar la respiración de cada persona, los latidos de cada corazón, y estuve seguro de que había un ritmo en todo ello, un patrón, y no un caos, o quizá un caos si entendemos el caos como un ordenamiento diferente del orden habitual y compulsivo de nuestras sociedades occidentales. Era como el cuarto de un adolescente, donde hay ropa en el suelo, y los objetos no están colocados en los espacios previamente destinados a ellos, sino en otra parte, pero justo donde el adolescente en cuestión necesita que estén.

Eso sentí al principio, y eso sentí al final. Pero hubo un momento intermedio en que me perdí de todo. Ya no escuchaba la música en el sentido humano, la escuchaba en el espíritu. Ya no olía los aromas, o sentía los roces, como huelen y sienten los humanos, sino en espíritu. Sentí la pasión de Mozart, de Stanislavski, de Goethe, de Poe, de Cervantes, de Wagner, de Lennon, de Beckett y de todos los artistas de todos los tiempos. Pero también sentí el dolor de Lenin, de Stalin, de Tito, y de todas esas personas que cayeron víctimas de los regímenes totalitarios, socialistas, republicanos, demócratas o de cualquier otro tipo. Personas inocentes, llenas de terror y tristeza, que cambiarían una larga vida de pesar, por sólo una noche como ésta, llena de alegría y amor y esperanza. Sentí eso, y grité; un grito primario, primordial, antiguo. Y la percepción de todo ese dolor desapareció tan rápido como llegó. ¿Qué fue todo eso? No probé ninguna droga, no he tenido insomnio, no he estado sometido a demasiado estrés.

Sacudí mi cabeza, y recuperé el movimiento. Ya bailaba otra vez con los ritmos de DJ Paradigma, quien, pude notarlo, me miraba fijamente, y, ¿era una sonrisa lo que adornaba su rostro? No tuve tiempo de comprobarlo. Una mano se posó en mi hombro. Era Audrey.

–¿Estás bien? –me preguntó.

–Sí, creo que tuve un mareo, eso es todo.

Audrey no pareció satisfecha con mi respuesta, pero no dijo nada. Bailó de nuevo y yo hice lo mismo.

Una esfera se abrió, dejando caer papeles de colores sobre nuestras cabezas. No, no eran papeles. Eran flores. ¿Quién lo hizo? Yo mismo me aseguré de que las esferas estuvieran llenas y listas. Alguien tuvo que haber cambiado el contenido, pero, ¿quién? Bueno, no importa, las flores son más hermosas que los papeles. Y el aroma que comenzó a flotar en el ambiente era más fresco y agradable. Quien haya hecho esto, se merece un aplauso y una bebida fría por cuenta de la casa.

Cuando el set de DJ Paradigma concluyó, Audrey me llevó a una mesa. Laura, una de las chicas que nos ayuda a atender el lugar, nos trajo bebidas. Audrey una cerveza, yo un Popocatepetl Purple; con licor nacional, claro.

–Creo que al fin has despertado –me dijo. En su rostro había una sonrisa, de esas sonrisas que hemos visto en las fotografías de Robert Smith, mezcla de alegría y tristeza.

–Espero que no estés rompiendo conmigo –dije, mientras daba un trago a mi bebida.

–Ja, ja, ja. No, tonto –y me abrazó con fuerza, y besó mis labios.

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