lunes, 20 de mayo de 2013
Claudio de Alas: El poema negro
Cuando moría, me enlazó en su brazo,
cual un reptil de palpitante raso;
y con voz afiebrada y lastimera,
me dijo que cual última terneza,
y en recuerdo de toda su belleza,
me dejaba su blanca calavera...
Que robara a la hambrienta sepultura,
ese último jirón de su hermosura,
que una lívida amante me sería,
y en mis horas alegres o de duelo,
su alma, descendiendo desde el Cielo,
al través de sus cuencas me vería...
Pasa el tiempo... El ave silenciosa
del recuerdo voló sobre su fosa,
llamándome a cumplir aquel pedido,
que, cual lúgubre flor de sus amores,
me dejó en los postreros estertores,
temerosa a los lutos del olvido.
Y era una noche. Oscuridad y viento;
la lluvia desgarrando el firmamento;
batida en sus ramajes la espesura;
los jardines tronchados y barridos;
y del mar, el estruendo y los rugidos,
resonando a lo lejos con pavura...
Ardiente el corazón, los miembros yertos,
escalé la muralla de los muertos;
y pensando en la súplica postrera
de esa lívida novia del Misterio,
me perdí en el profundo cementerio,
porque iba a robar su calavera.
Por las calles desiertas y medrosas,
buscando en los letreros de las fosas,
llegué hasta su sepulcro solitario.
El viento en los cipreses sollozaba,
y la lluvia furiosa me azotaba,
cual queriendo arrojarme del osario.
De una lámpara sorda, bajo el brillo,
su mármol quebranté con un martillo.
Cual fatídico abismo, negro y hondo,
de la tumba la puerta entenebrida
abierta contemplé... De entre su fondo
brotó una bocanada corrompida!
Y en lo profundo de la negra caja,
entre blancos jirones de mortaja,
la miré desleída y pestilente:
sepultadas sus formas y sus manos,
entre olas hirvientes de gusanos
que tragaban su carne lentamente.
En sus sienes, mechones de cabellos;
sus ojos ¡ay! como ninguno bellos,
convertidos en cuencas pavorosas;
en su boca, que fue roja granada,
una muda y horrible carcajada,
y su pecho en piltrafas asquerosas...
De su belleza, que radió cual astro,
no había allí tan siquiera un rastro.
Era un informe y corrompido andrajo.
La miré contristado, mudo, inerte:
medité en los festines de la Muerte,
y me hundí en el sepulcro abierto a tajo.
Temblorosas, tendiéronse mis manos
al inmenso hervidero de gusanos.
Busqué de la garganta las junturas:
nervioso retorcí... Hubo traquidos
de huesos arrancados y partidos...
hasta que hollando vil las sepulturas,
Huí miedoso entre las sombras crueles,
creyendo que los muertos, en tropeles,
levantaban su forma descarnada
corriendo a rescatar su calavera,
esa yerta y silente compañera
de la lóbrega noche de la Nada...
Eso pasó... fue ayer... Hoy, en mi mesa,
cual escombro final de su belleza,
helada, muda, lívida e inerte,
sobre mis libros en montón, reposa,
cual una gigantesca y blanca rosa
—Que ostentase la risa de la Muerte—
Sus grandes cuencas, como dos cavernas,
me contemplan inmóviles y eternas.
Atónito, al mirarlas, me figuro
que su alma tal vez huya del Cielo,
para triste, silente y con anhelo,
mirarme allá, desde su fondo oscuro.
Entonces, con amor llego hasta ella,
y cual si fuera, cuando viva y bella,
por sus huesos, mi mano se desliza:
siento de ansia el corazón opreso,
y en el instante en que le doy un beso,
me encuentro ¡ay! con su macabra risa.
Y allá, de la alta noche, cuando escribo,
ante su faz sintiéndome cautivo,
me parece que se abren sus quijadas,
y que en frases muy tiernas, temblorosas,
me pide que le diga blandas cosas,
como en noches amantes y borradas...
Y soñando, la veo transformarse
en la bella de entonces, y acercarse...
y sentirme yo suyo... y ella mía...
Mas, al instante mi pupila advierte,
que no es sino la imagen de la Muerte,
que me contempla extática y sombría.
Ya llevan mucho tiempo estos amores...
Es ella quien conoce mis dolores,
los sueños todos de mi vida entera...
Ella me da la desnudez que viste,
y yo el cariño de mi alma triste,
teniéndola de novia hasta que muera.
Y cuando rompa de la Vida el lazo,
cual ella a mí, la enlazará mi brazo,
y antes que en mi redor todo sucumba,
le diré como frase postrimera:
—¡Acompáñame, pobre calavera.
acompáñame, amada, hasta la tumba!...
domingo, 6 de enero de 2013
Venganza por los mártires de Tacubaya
a nuestros enemigos, hasta el día
en que su raza detestable, impía
no halle ni tumba en la indignada tierra.
Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,
tus fieras y torrentes; tu armonía
niégales, ave de la selva umbría;
y de sus ojos, tu luz destierra.
Y si impasible y ciega la natura
sobre todos extiende un mismo velo
y a todos nos prodiga su hermosura;
anden la flor y el fruto por el suelo,
no les dejemos ni una fuente pura,
si es posible ni estrellas en el cielo.
domingo, 9 de diciembre de 2012
Prueba de inteligencia
Guadalupe Dueñas. Tiene la noche un árbol. México, FCE. 1958.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Construcción. Chico Buarque.
besó a su mujer como si fuese última,
y a cada hijo suyo cual si fuese el único,
y atravesó la calle con su paso tímido.
Subió a la construcción como si fuese máquina,
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas,
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico,
sus ojos embotados de cemento y lágrima.
Sentóse a descansar como si fuese sábado,
comió su pan con queso como si fuese un príncipe,
bebió y sollozó como si fuese un náufrago,
danzó y se rió como si oyese música
y tropezó en el cielo con su paso alcohólico.
Y flotó por el aire cual si fuese un pájaro,
y terminó en el suelo como un bulto fláccido,
y agonizó en el medio del paseo público.
Murió a contramano entorpeciendo el tránsito.
Amó aquella vez como si fuese el último,
besó a su mujer como si fuese única,
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo,
y atravesó la calle con su paso alcohólico.
Subió a la construcción como si fuese sólida,
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas,
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico,
sus ojos embotados de cemento y tránsito.
Sentóse a descansar como si fuese un príncipe,
comió su pan con queso como si fuese el máximo,
bebió y sollozó como si fuese máquina,
danzó y se rió como si fuese el próximo
y tropezó en el cielo cual si oyese música.
Y flotó por el aire cual si fuese sábado,
y terminó en el suelo como un bulto tímido,
agonizó en el medio del paseo náufrago.
Murió a contramano entorpeciendo el público.
Amó aquella vez como si fuese máquina,
besó a su mujer como si fuese lógico,
alzó en el balcón cuatro paredes fláccidas,
Sentóse a descansar como si fuese un pájaro,
Y flotó en el aire cual si fuese un príncipe,
Y terminó en el suelo como un bulto alcohólico.
Murió a contramano entorpeciendo el sábado.
Por ese pan de comer y el suelo para dormir,
registro para nacer, permiso para reír,
por dejarme respirar y por dejarme existir
Dios le pague.
Por esa grapa de gracia que tenemos que beber,
por ese humo desgracia que tenemos que toser,
por los andamios de gente para subir y caer
Dios le pague.
Por esa arpía que un día nos va a adular y a escupir,
y por las moscas y besos que nos vendrán a cubrir,
y por la calma postrera que al fin nos va a redimir
Dios le pague.
martes, 4 de septiembre de 2012
El fin de la utopía: Episodios de la vida y cartas de Rimbaud y Verlaine
jueves, 19 de enero de 2012
el viejo maestro
LEYENDA SOBRE EL ORIGEN DEL LIBRO “TAO-TE-KING”, DICTADO POR LAO-TSE EN EL CAMINO DE LA EMIGRACIÓN
Bertolt Brecht
A los setenta años, ya achacoso,
sintió el maestro un gran ansia de paz.
Moría la bondad en el país
y se iba haciendo fuerte la maldad.
Se abrochó los zapatos.
Empaquetó las cosas necesarias.
Pocas: Pero algo había de llevar.
La pipa en que fumaba cada noche.
El libro que leía a todas horas.
Algo de blanco pan.
Gozó mirando el valle, y lo olvidó
cuando la senda comenzó a ascender.
Rumiaba el buey, alegre, hierba fresca
mientras llevaba al viejo.
Pues iba muy de prisa para él.
Caminó cuatro días entre peñas
hasta que un aduanero lo paró.
“alguna cosa de valor?” “Ninguna.”
“Es un maestro”, dijo el joven guía
del buey. Y el aduanero comprendió.
Y el hombre, en un impulso afectuoso,
aún preguntó: “Que ha llegado a saber’”
Y el muchacho explicó: “Que el agua blanda
hasta a la piedra acaba por vencer.
Lo duro pierde.
Aprovechando aquel atardecer,
tiró el guía del buey, siguiendo viaje.
Ya se perdían tras de un pino negro
cuando los alcanzó el buen aduanero.
Les gritaba. “!Esperadme!”.
“Dime otra vez eso del agua, anciano.”
Se detuvo el maestro: “¿Te interesa?”
“Soy sólo un aduanero”, dijo el hombre,
“pero quiero saber quien vencerá.
Si tú lo sabes, dímelo.
!Escríbemelo! !Díctalo a este niño!
No lo reserves sólo para ti.
En casa te daré tinta y papel.
Y también de cenar. Yo vivo allí.
¿Aceptas mi propuesta?”
Examinó el anciano al aduanero:
chaqueta remendada, sin zapatos,
viejo antes de llegar a la vejez.
No era precisamente un triunfador*
Murmuró: “¿Tu también?”
Había vivido demasiado para
no aceptar tan amable invitación.
“Quien pregunta, merece una respuesta.
Parémonos aquí”, dijo en voz alta.
“Hace ya frío”, el guía le apoyó.
Echó pie a tierra el sabio de su buey.
Escribieron durante siete días
alimentados por el aduanero,
quien maldecía ahora en voz muy baja
a los contrabandistas.
Una mañana, al fin, ochenta y una
sentencias dio el muchacho al aduanero.
Y, agradeciéndole un pequeño don,
se perdieron detrás del pino negro.
No es fácil encontrar tanta atención.
No celebremos, pues, tan sólo al sabio
cuyo nombre en el libro resplandece.
Al sabio hay que arrancarle su saber.
Al aduanero que se lo pidió
demos gracias también.
(Historias del Calendario, 1939)
martes, 20 de diciembre de 2011
'ámonos justina

Creo sentir todavía el golpe pausado de su respiración; las palpitaciones y suspiros con que ella arrullaba mi sueño . . . Creo sentir la pena de su muerte . . . Pero esto es falso.
Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta.
Siento el lugar en que estoy y pienso . . .
Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban son su olor el viejo patio.
El viento bajaba de las montañas en las mañanas de febrero. Y las nubes se quedaban allá arriba en espera de que el tiempo bueno las hiciera bajar al valle; mientras tanto dejaban vacío el cielo azul, dejaban que la luz cayera en el juego del viento haciendo círculos sobre la tierra, removiendo el polvo y batiendo las ramas de los naranjos.
Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que el aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época.
En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Me acuerdo. Mi madre murió entonces.
Que yo debía haber gritado: que mis manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su desesperación. Así hubieras tú querido que fuera. ¿Pero acaso no era alegre aquella mañana? Por la puerta abierta entraba el aire, quebrando las guías de la yedra. En mis piernas comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis manos temblaban tibias al tocar mis senos. Los gorriones jugaban. En las lomas se mecían las espigas. Me dio lástima que ella ya no volviera a ver el juego del viento en los jazmines; que cerrara sus ojos a la luz de los días. ¿Pero por qué iba a llorar?
¿Te acuerdas, Justina? Acomodaste las sillas a lo largo del corredor para que la gente que viniera a verla esperara su turno. Estuvieron vacías. Y mi madre sola, en medio de los cirios; su cara pálida y sus dientes blancos asomándose apenitas entre sus labios morados, endurecidos por la amoratada muerte. Sus pestañas ya quietas; quieto ya su corazón. Tú y yo allí, rezando rezos interminables, sin que ella oyera nada sin que tú y yo oyéramos nada, todo perdido en la sonoridad del viento debajo de la noche. Planchaste su vestido negro, almidonando el cuello y el puño de sus mangas para que sus manos se vieran nuevas, cruzadas sobre su pecho muerto, su viejo pecho amoroso sobre el que dormí en un tiempo y que me dio de comer y que palpitó para arrullar mis sueños.
Nadie vino a verla. Así estuvo mejor. La muerpe no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas.
Tocaron la aldaba. Tú saliste.
-Ve tú -te dije-. Yo veo borrosa la cara de la gente. Y haz que se vayan. ¿Que vienen por el dinero de las misas gregorianas? Ella no dejó ningún dinero. Díselos, Justina. ¿Que no saldrá del purgatorio si no le rezan esas misas? ¿Quiénes son ellos para hacer la justicia, Justina? ¿Dices que estoy loca? Está bien.
-Y tus sillas se quedaron vacías hasta que fuimos a enterrarla con aquellos hombres alquilados, sudando por un peso ajeno, extraños a cualquier pena. Cerraron la sepultura con arena mojada; bajaron el cajón despacio, con la paciencia de su oficio, bajo el aire que les refrescaba su esfuerzo. Sus ojos fríos, indiferentes. Dijeron: "Es tanto." Y tú les pagaste, como quien compra una cosa desanudando tu pañuelo húmedo de lágrimas, exprimido y vuelto a exprimir y ahora guardando el dinero de los funerales. . .
Y cuando ellos se fueron, te arrodillaste en el lugar donde había quedado su cara y besaste la tierra y podrías haber abierto un agujero, si yo no te hubiera dicho: "Vámonos, Justina, ella está en otra parte, aquí no hay más que una cosa muerta."
(Juan Rulfo. Pedro Páramo (fragmento)
viernes, 15 de febrero de 2008
Relato 3
Zona
Ella bailaba sin moverse siquiera. No sé lo que acabo de decir, pero es cierto. No sé si tenga sentido para los demás. Lo tiene para mí. Zona baila inmóvil. No sé cómo lo hace, sólo sé que se mueve sin moverse, y que sus movimientos son estáticos.
La veo en el Club cada varias semanas; creo que le gusta mi selección. La semana pasada se me acercó y me pidió una copia de del disco de trip hop que había programado.
–No estoy a favor de la piratería, pero es material muy raro, y creo que a nadie hará daño que alguien más conozca esta música.
Después de varias semanas de presencia consecutiva, nos hicimos amigos. Ella inspiraba confianza, con sus cabellos pintados de azul, y rapada como mohicano, pero manteniendo las patillas, largas y retorcidas.
Por alguna razón, no pude resistirme a sondear en su mente. Ya tenía la suficiente experiencia en el manejo de la magia de la mente, así que dar un rápido vistazo a sus pensamientos superficiales no sería problema. Ella confiaba en mí. Lo sé porque no opuso resistencia, me dejó sondearla, y me hizo saber que ella también era una maga. Fue extraño, sentí un extraño sabor a sal. Un sabor a sal concentrado, como el sexo. No fue desagradable, sólo fue extraño. Quiero decir, fue como tener sexo ocasional con una amiga, pero de otro modo, el sexo nunca se había sentido tan real como esa exploración. Espero que Audrey nunca se entere, o que no me quiera arrancar las bolas si lo hace. Se supone que es de mente abierta y que no es una mujer celosa, pero uno nunca sabe con esas criaturas de dos cromosomas X.
Cuando no trabajo con la Sociedad de la Disonancia, sembrando el terror en las infernales corporaciones transnacionales, Zona me invita a participar con los Clubwerkers, para llevar mi mensaje mágico a audiencias más o menos amplias, y receptivas. Es un trabajo arduo, pero quizá valga la pena. Quizá algún día, regrese a nuestro mundo esa época dorada, de esplendor mágico, antes de toda esta basura tecnocrática y racionalista, de todo este rollo positivista y científico, como si la ciencia y la tecnología no fueran magia.
Relato 2
Respuestas
–¿Quieres decir que yo lo hice?
–¿Por qué te sorprendes tanto? ¿No cultivas flores en tu casa?
Cuando Audrey me dijo que yo era un mago, pensé que hablada de, ejem, ciertas habilidades en, ya saben... la cama. O tal vez, a mi habilidad para crear ambientes sonoros para toda ocasión, con unos cuando discos. Pero cuando me explicó a lo que se refería, casi me caigo de la cama. Por eso, la cama había sido mi primer pensamiento, porque en cuanto terminamos de hacer el amor me lo dijo; “eres un mago”. Eso dijo.
Le conté lo que sentí mientras escuchaba la selección de DJ Paradigma. Pude sentir la soledad de Nietzsche, la tristeza de Poe, el dolor de Cobain, la desesperanza de Ian Curtis, el arrepentimiento de Einstein, el miedo de Artaud. Y era mis propios soledad y tristeza y dolor y desesperanza y arrepentimiento y miedo, y de todo el mundo. Pero también sentí alegría, amor, calma, amistad, fe, cariño, compañía, esperanza, y supe que toda esta felicidad podría curar los males del mundo.
Me explicó que las flores de la esfera llegaron allí como un efecto inesperado de mi despertar a la magia. Fuimos hacia las macetas y, efectivamente, la mayoría de las flores no estaban allí, sino que su lugar era ocupado ahora por tiras interminables de papeles de colores. Ya me encargaré de aliviarlas y hacerlas florecer de nuevo, no es ningún problema para mí. Por alguna razón, las flores no tienen problemas en crecer en este lugar. Tal vez les guste la música que les pongo y las historias que les cuento.
–En realidad, se trata de tu resonancia magia –me dijo Audrey cuando lo comenté con ella.
–¿Cómo es que sabes todas estas cosas? ¿Eres un mago tú también?
–¿No te habías dado cuenta?
Sí, claro, notaba algo especial y diferente en ella. Es más alta que la mayoría de las mujeres. Es más bella que la mayoría de las mujeres. Y está enamorada de mí, eso sí que debe ser algo especial. Pero, ¿magia? Bueno, ¿quién soy yo para decir qué es magia y qué no es? ¿No es magia el que una muchacha que fue violada, un chico abusado por sus padres, un viejo humillado y frustrado, sean capaces de hacerse cargo de su vida al fin, y alcanzar cierto estado de felicidad?
–Y ahora que soy un mago, y que me has confesado que lo eres tú, ¿qué se supone que tengo que hacer?
–Yo no puedo decidir por ti. Es por esa razón que nunca te lo confesé. Espero que no me guardes resentimiento por eso.
Claro que no, ¿por qué todos creen siempre que guardar un secreto es como una traición? Cada persona tiene sus motivos para hacerlo, y cualquier motivo es válido.
–Me gustaría aprender más. ¿Tú puedes enseñarme?
–Puedo, si realmente eso quieres. También me gustaría decirte que puedes darle la espalda a esta nueva vida, y seguir como siempre, pero por más que trates de darle la espalda, y una vez que se te ha caído la venda, ya no puedes ponerla de nuevo sobre tus ojos.
–No le daría la espalda a esto aunque pudiera. Creo que es lo que siempre soñé. Y de alguna manera, me parece la conclusión más natural de mi vida.
–Conque conclusión, ¿no? Más bien, es apenas el comienzo.
–Me parece perfecto.
Besé sus labios, la abracé fuertemente. Después, rebusqué entre las sábanas. Sí, lo sabía aquí está.
–Para ti –le dije.
Le extendí una flor. No sé cómo se llama, pero crecen en el Jardín, y a veces las traigo en macetas a mi casa, donde las cuido. Sé que debe parecer tonto, un hombre cuidando flores, pero a mí me gustan.
–A mí también.
–¿Leíste mi mente?
–Oh, lo siento, a veces lo hago sin darme cuenta.
–Lee esto...
La bofetada me dolió más de lo esperado.
–Oye –le reclamé–, tú empezaste; si no quieres enterarte de las perversiones sexuales de los demás, deberías dejar de leer el pensamiento –presioné play, y comenzó Tu alma en mí, de Corcobado; tu alma está en mí, y la mía en ti.
Reímos, nos abrazamos, y después de un beso largo y perfumado, nos dormimos. Ésta es una vida muy interesante. Y lo mejor, es que recién comienza.



